Revista del AMPA del CEIP Javier de Miguel

Cincuenta metros cuadrados de una terraza vallecana. Por Mayka Bellido.

El huerto de mi cole inspira de la mano de
Antes de que mi profe de primaria nos mandara poner un garbanzo en algodón húmedo yo ya sabía que los geranios y los claveles también  se reproducen por esquejes y que la esparraguera ornamental tiene su doble en la naturaleza salvaje y da ricos espárragos. Y que los berros están ricos, muy ricos en tortilla, siempre que hayas cuidado de cogerlos en aguas puras donde no haya peligro de haber sido intoxicadas por las heces de vacas o cabras.  Tambien aprendí que las collejas se comen, antes de saber que dolían en la nuca, y que saber distinguir ese verde, de los mil verdes, te aseguraban un exquisito revuelto con huevos. El palodú no se compraba en las tiendas eco, se encontraba tras oler y escarbar… Y hartar a papá con la pregunta, mientras le dabas con cualquier mata bajo la nariz… a que es esto…?
Antes de cumplir ocho años ya sabía que los cardos se comen, que son una delicia si tienes una abuela que los sabe pelar y cocinar con ternura… cardillos? Supe que gachas y migas estaban en nuestra dieta desde hacía generaciones porque eran comida de gentes rurales y humildes, gente trabajadora, la mía. Y que ya en nuestro tiempo sabíamos disfrutar de vez en cuando, sin racionar los buenos magros y torreznos. El gazpacho era, y es, la energía veraniega, en cualquier momento, refrescante y aromático,  el placer del calor. No faltaba en casa de junio a septiembre. En la compra semanal el mercado, la plaza, era el rito colorido y sonriente. Jaleo que animaba la venta y un carro lleno con las acelgas saliendo por la tapa.
Antes de que los campos fueran mares de plástico, en mi casa se comía melón en Navidad. Esos que tras recolectarlos al final del verano, se guardaban en la oscuridad, bajo las camas de la casa de El Pozo, la de mis abuelos paternos (Sube y trae el que tenga más “escritura”, esos son los más dulces) Sabiduría del secano de un abuelo jornalero de Jaén.
Mucho antes de que apareciera el ambientador de pino para los coches, en el nuestro siempre había olor a tomillo, a romero, a lavanda, nunca faltaba un ramillete enganchado al retrovisor.
Y flores, muchas flores…  recogidas en los campos de nuestras excursiones. En primavera margaritas, amapolas… carrizos… al final del verano flores de cardo secas, azules, moradas y de todos los tonos del amarillo al marrón.
Plantar, regar, podar, trasplantar, quitar parásitos, cuidar, barrer… era la actividad de muchos sábados y domingos en la terraza, donde no faltaban, ni faltan, rosas ni variedades de margaritas y crisantemos, ni azaleas, ni menta hierbabuena  Y orégano … donde había, y hay, plantados en macetas, abetos, encinas, plátanos ornamentales, una mimosa… donde mi madre sabía el nombre correcto de todas y la cantidad de sol y agua que necesitaba cada una.
Salíamos al campo y a veces nos afectaba tanto el descuido de otr@s que nos llevábamos de vuelta a casa la basura que encontrábamos. Más de una vez organizamos batidas de limpieza en el lugar de acampada libre donde pasamos varios veranos.
Debo lo que siento por la naturaleza a una familia que la respetaba y la disfrutaba, que sabía muy bien su valor pues de la tierra había vivido por generaciones. Y supo hacernos gozar de ella, también desde los cincuenta metros cuadrados de una terraza vallecana.
Texto escrito por Mayka Bellido.
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